Home| Ver todas las miradas de una tacada|

viernes, octubre 23

Desconciertos.

Ando entre pensativa y rebrincada hoy, la verdad. Lo habréis leído como yo.
A Miguel Orlando Collins, cantante dancehall jamaicano de 33 años que se hace llamar artísticamente Sizzla Kalonji, homófobo declarado cuya canción emblemática es “Mata a un maricón y siéntete orgulloso”, le ha sido levantada la prohibición de cantar en la Europa comunitaria y vuelve por sus fueros de nuevo, a sus anchas y llenándose los bolsillos, cantando y danzando de gira por estos lares habiendo sido contratado también, para no ser menos, faltaría más, para un próximo tour por España con sus anticonstitucionales e inofensivas cancioncillas debiendo asistir a sus conciertos numerosos policías vestidos de paisano (¿a que no adivináis pagados por quién?) para vigilar que susodicho “capullito de alelí” no cometa “delito de opinión”, lo que hace suponer que, no sólo se tratará de agentes especializados en tal campo “Singerdancehall” si no que obligatoriamente dominarán a la perfección la lengua inglesa, giros, equivalencias, eufemismos, metáforas y dobles intenciones tanto lingüísticos como gestuales.

No sé si más rebrincada que pensativa ante tal gozosa información, la verdad, ando yo.
FIN FINITO

domingo, octubre 18

El tiempo hace y deshace.

C
onfidencia de una mujer de avanzada edad recordando, en relajada conversación:
Él era el hombre más guapo, más apuesto, elegante y mejor plantado del lugar. En cualquier lugar, ya sabe, siempre habrá algún hombre notoriamente más deseable que los demás.
Y él lo era.

Pasados 30 años era el hombre más feo, desaseado, peor encarado y seboso del lugar. En cualquier lugar, ya sabe, siempre habrá algún hombre notoriamente más repulsivo que los demás.
Y él lo era.

Se llamaba, creo recordar, Enrique, y ambos nos conocíamos de vista desde cuando él era el hombre más sobresaliente de cualquier lugar donde acudiera y yo una mujer "de bandera" de la que no retiraba su mirada y a la que no se atrevía a abordar, hasta cuando era el más sobresaliente hombre a evitar y yo, descaradamente y más que nadie evitaba.
Jamás cruzamos palabra alguna hasta que un día, años después, coincidimos en una cola para cobrar la jubilación y, oh!!!, no reconociéndome ni de cerca ni de lejos me pidió, como si se tratara de cualquiera, que por favor le ayudara a rellenar el impreso de rigor no pudiéndolo hacer yo a causa de mi galopante ceguera y no poder prescindir del bastón...

... y desde entonces hasta el día de hoy, me puede usted creer, cada vez que me asomo al espejo, no aparezco en él yo sola, aparecemos los dos".


FIN FINITO
 
ir arriba